Básicamente los pasos de cara a potenciar la autoestima podrían ser los siguientes:
1. Identificar el problema: es fundamental saber en todo momento qué es lo que me está sucediendo, qué me altera el estado de ánimo y qué es aquello que me hace recaer una y mil veces en los mismos errores. La identificación del problema pasa por ver también a qué te le tengo miedo, de qué huyo: la soledad, la opinión negativa de los demás, la crítica, los errores... Si no sé a qué temo tampoco puedo ser capaz de enfrentarme a ello.
2. Estar dispuesto y preparado para aceptar ayuda de los demás: nadie es totalmente autosuficiente y por lo tanto no puedo saber todo ni estar en todo. Por ello cuando no sé encontrar una solución a un problema personal o laboral tengo que estar preparado para aceptar la ayuda que otras personas puedan ofrecerte. Pero esta ayuda no va a ser como nosotros esperamos, porque llega en el momento oportuno y de una forma que no tal y como nos gustaría muchas veces, pero que en cualquier caso es buena para nosotros, a veces mucho mejor de lo que pensamos.
3. Aceptar más que esperar: esto significa que el ser humano siempre está intentando anticiparse a los acontecimientos y cuando no son tal y como uno espera se siente defraudado y abatido por las circunstancias. Aceptar significa estar viviendo el presente, esperar significa estar viviendo en el futuro. No puedo ser feliz ni creer en mí mismo si estoy siempre esperando a que ocurran determinadas circunstancias, por ejemplo, no puedo esperar a sentirme bien cuando consiga estar con la persona amada, no puedo esperar a gustarme cuando consiga el físico que me he propuesto, no puedo empezar a vivir cuando consiga sacarme la carrera que me he planteado, tengo que empezar a vivir ahora y sólo así lograré mis objetivos o podré disfrutar de lo que tengo aunque no lo consiga.
4. Para poder estar bien conmigo mismo, tengo que aprender a estar solo y sentirme como si estuviese acompañado: hoy día nos pasamos la vida huyendo de la soledad y del silencio. Si estoy solo en casa llamo a alguien o salgo corriendo para no sentirlo, o en su defecto pongo la tele o la radio para que me acompañen. Pero llenando mi vida de ruido, es como si estuviese huyendo de mí mismo, porque sólo cuando puedo permanecer sin compañía y sin necesitarla es cuando puedo pensar en quién soy y descubrir algo en mí que había estado luchando por salir y que el ruido y la gente no le habían dejado, esto es, MI PROPIO YO.
5. Sólo cuando sé quien soy puedo aceptarme tal y como soy y puedo apoyarme en mis puntos fuertes para superarme: la pregunta de ¿y tú cómo te describirías?, es una típica pregunta de entrevista de trabajo que todos respondemos porque nos aprendemos de memoria cuatro cosas, pero que en el fondo no me define en absoluto. El ser humano es muy complejo y está lleno de pequeños matices, pero si no sé cuáles son estos matices, tampoco sé cómo voy a reaccionar ante determinadas situaciones y tiendo a infravalorarme basándome en el autodesconocimiento.
6. Cuando sé quién soy puedo enfrentarme a mis miedos, resolver mis problemas, buscar alternativas y no hundirme en los fracasos, porque sé cuáles son mis fortalezas y cuáles son mis límites y al asumirlos soy capaz de luchar ante cosas que antes podían parecerme impensables
7. Cuando confío en mí, también tengo que ser capaz de buscar más alternativas y esto quiere decir que si me encuentro en un problema ante el cual no sé encontrar una solución porque las estrategias por mí probadas no dan resultado, tengo que arriesgarme a probar algo completamente distinto aún a riesgo de estrellarme, confiando en que si me caigo podré volver a levantarme y que peor que caer es estancarse en algo y no continuar avanzando en la vida.
Estos serían los siete pasos fundamentales que trabajando individualmente en ellos y profundizando servirían de base para continuar con nuestro crecimiento personal y para fortalecer nuestra autoestima, que es como los cimientos de una construcción, es decir: sin ella no hay nada.
María Jesús Adán Meléndez
Directora del Centro Psicológico Adán
centro@psicoadan.com
http://www.psicoadan.com
miércoles 7 de noviembre de 2007
7 pasos para la autoaceptación y el crecimiento personal
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¿Qué son los miedos? (Parte I)
El miedo sería el resultado de teñir el hecho presente con ideas, imágenes y experiencias negativas dolorosas o frustrantes que guardamos en la memoria.
Parte I
Comprender el tema del miedo no es fácil, dado que tenemos que entender como surge, como se desarrolla, despliega y cómo nos confunde.
Podemos padecer innumerables temores de intensidad diversa, desde temores que nos provocan un leve malestar, hasta aquellos que producen cuadros de ansiedad generalizada y otros trastornos. Los miedos objetivos de resguardo del propio cuerpo o mente ante una situación real, como encontrarnos frente a un animal peligroso o un precipicio, son miedos de cuidado y constituyen un temor sano que nos protege. Ante un riesgo cercano actuamos con responsabilidad.
Más complejo es el tema de los miedos subjetivos producidos por la evaluación que hace el pensamiento de un hecho determinado. En éste caso no se puede entender el miedo sin incorporar el factor tiempo. Pero no el cronológico, el que marca el reloj, que es real y nos señala el paso del tiempo objetivo en nosotros mismos. Nos referimos al tiempo subjetivo o psicológico. Éste es individual y arbitrario, está asentado en un tiempo- espacio imaginado.
Los hechos placenteros o dolorosos que suponemos nos ocurrirán se van a construir sobre la base de un almacén de recuerdos y experiencias personales que cada uno alberga, llamado memoria. Del acontecer de nuestras variantes imaginadas, surgen sensaciones de agrado (placer) o desagrado (sufrimiento, miedo), ya que el pasado con sus amores y horrores se nos hace presente y se convierte en una profecía personal de lo que nos sucederá (futuro).
Si ante determinada situación actuamos de inmediato, como cuando estamos en contacto con el hambre o con la temperatura ambiente, el pensamiento interviene muy poco, es racional, decisorio y la respuesta es rápida.
En otros casos, la mente-pensamiento coteja el hecho que nos ocurre, lo identifica en base al depósito de recuerdos, conocimientos y experiencias vividas (memoria consciente o inconsciente) y produce una sensación de agrado (placer) o desagrado (sufrimiento, miedo) según las circunstancias.
Esta evaluación mecánica del hecho que acaece por parte de la memoria condicionada es lo que dispara una amplia gama de sentimientos y sensaciones que oscilarán desde el extremo de la euforia jubilosa hasta su opuesto, el trastorno de pánico pasando por todos los estados intermedios.
No se trata sólo de nuestra memoria individual, sino también de aquella que heredamos a través de diez mil años de evolución humana y que nos ha sido transmitida genética y socialmente a través de palabras, imágenes, símbolos y signos.
El miedo sería, por lo que hemos visto, el resultado de teñir el hecho presente con ideas, imágenes y experiencias negativas dolorosas o frustrantes que guardamos en la memoria creyendo que nos protegerán.
Autor: Dr. Oscar Figueroa
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¿Qué son los miedos? (Parte II)
Parte II
El pensamiento intelectual es el que predomina hoy en día. El desarrollo inesperado que alcanzaron la ciencia y la técnica en la segunda mitad del siglo XX, inclinó la balanza hacia ese tipo de pensamiento, tanto que lo empleamos en forma casi exclusiva, en desmedro de otras funciones del cerebro.
El pensamiento intelectual se manifiesta en una forma de actuar práctica, ahorrativa y resolutiva que hemos aprendido a aplicar en nuestra vida diaria. Es el intelecto quien nos hace saber, en caso de necesidad, cómo se arregla un circuito eléctrico o de qué modo haremos la respiración boca a boca en una urgencia.
En la nota anterior vimos que el pensar intelectual es especulativo y arrastra con él no sólo la carga de nuestro pasado individual, sino también, la del pasado colectivo.
Lo que llamamos “yo” o su acentuación, el “ego”, es el representante de tal pensar y el producto final de una serie de ingredientes que incorporamos sucesiva o simultáneamente a lo largo de la vida. Podríamos decir que, factores como la genética, el parto, la alimentación, el clima, la conciencia paterna y ancestral, las diferentes culturas, la educación, la propaganda, entre otros muchos y con distintas grados de importancia, determinaron lo que somos hoy. De esa combinación surgimos.
El hombre, ignorante de esa programación que se inicia en el momento en que es concebido, se considera libre.
La mochila que recoge toda la saga del pasado es pues la que constituye el eje del pensamiento intelectual o egocéntrico que estamos tratando,
Pero existe otra función de la mente natural que nos propone una alternativa al pensamiento intelectual. Se trata de la conciencia que llamaremos comprensiva, Ella nos libera no solo de todo libreto cultural y social sino también de las heridas del pasado albergadas en la memoria.
La conciencia comprensiva nos permite ver y vernos con discernimiento y ecuanimidad. Es unificadora y se la puede considerar una conciencia religiosa, no el sentido dogmático sino semántico, puesto que deriva del latín religare=unir.
¿Cómo instrumentamos el uso de la conciencia comprensiva? Un ejemplo sencillo de la vida cotidiana sería la actitud que podríamos adoptar frente a las diferencias en general, se refieran éstas a creencias, costumbres, etnias u otras. Mientras en estos casos el pensamiento intelectual define al otro como budista, espiritista, cristiano, judío, mahometano, ateo o negro, indio, ario, semita, etc. ya que es un pensamiento clasificador, reaccionario y trivial, la conciencia comprensiva nos propone que profundicemos la mirada para obtener una visión nueva del ser humano subyacente. De ese modo nos sentiremos integrados con los demás en una percepción humanitaria.
Donde sólo hay intelecto, no hay amor. Es la conciencia comprensiva la que nos conduce a él.
Todos los “deberías” o “no deberías” que arrastramos en el pensamiento intelectual constituyen la trastienda del miedo.
Dr. Oscar Figueroa
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